Sólo se vive una vez

Robert ha venido a Pamplona desde New York. A las 6:30 de la mañana acude puntual con sus amigos a la cita para ver el encierro. Quiere correr un tramo, el que va del Ayuntamiento hasta la temida curva de Mercaderes. Está muy excitado porque es su primera vez. Viste de blanco impoluto, pañuelo rojo al cuello y faja en la cintura. Él esperará hasta las 8 en la calle mientras su gente lo observa, y lo graba en video, desde un primer balcón en la calle Mercaderes. Le deseamos muy buena suerte y, aunque practica kick-boxing, le advertimos del peligro.

Rafa vive en el piso desde el que vamos a disfrutar hoy del encierro. Trabaja en Cruz Roja Internacional pero estos días se ha quedado en Pamplona y a las 7 se va a la calle con los de emergencias. Desde el amplio salón asoman cuatro balcones a la calle Mercaderes. Una máquina de escribir antigua me lleva a preguntarle si es alguna reliquia literaria: “Era del maestro Turrillas”, me cuenta; fue uno de los más conocidos autores de música para banda en Navarra y sus notas suenan estos días a todas horas.

Muchos visitantes quieren saborear lo mejor de la Fiesta en dos o tres días. Y en ese menú el plato fuerte consiste en ver el encierro desde un buen balcón. Primero les explican la historia y los datos esenciales en inglés, francés, alemán, euskera o castellano. Algunos ya vienen muy informados, sobre todo los estadounidenses, otros no saben ni cuántos toros corren… ¡ni en qué dirección! Este año reciben alrededor de mil personas –entre ellos 200 españoles– de 34 nacionalidades de lo más variopinto: rusos, chinos, japoneses, americanos (del norte, del centro y del sur), australianos, portugueses, franceses, italianos, suecos, alemanes… y por supuesto españoles de todos los puntos.

“Sólo se vive una vez”. Así se titula la película de Bollywood más taquillera de la historia en India y que ha motivado a una pareja hindú, Nikita y Chandra, para venir a los Sanfermines. Vieron las escenas rodadas en nuestras fiestas de Pamplona, en la tomatina de Buñol, en Andalucía… y quisieron hacer juntos el mismo periplo. Han alquilado este balcón para ver el encierro pero no quieren ir a la corrida de toros por la tarde porque les daría mucha pena verlos morir. ¿Se nos nota que somos indios?, me preguntan con ese divertido acento que tienen hablando inglés. Les respondo con el gesto típico indio, inclinando la cabeza a un lado y otro que para ellos significa “afirmativo” y aquí más bien nos sugiere “quizás”.

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Los balcones se transforman en una divertida asamblea de Naciones Unidas en donde todos visten parecido y buscan lo mismo: vivir la fiesta. El momento de abrir los balcones para asomarse es, sin duda, todo un festín. Abajo en la calle los mozos se arriman entre ellos dándose ánimo y calor antes de la carrera. La luz de la mañana embellece la imagen cenital de un tramo del recorrido. Se puede palpar la emoción en todas partes. La Policía Municipal despeja la zona de ‘perjudicados’ por el alcohol y los equipos de Cruz Roja toman posiciones.

Pedro soñaba con este día desde hace 20 años. Nació en Lisboa, donde vive, y desde pequeño ha escuchado hablar de toros, encierros, capeas, ganaderías… y pronto supo que en Pamplona se celebra el encierro más singular del mundo. Se conoce al dedillo todo lo que sucede aquí porque le apasiona. Desde que existe Internet, devora toda la información que pesca. Sabe incluso el nombre de la carpintería que monta el vallado, Pascual, o el de algún pastor, como Mikel Reta.

La página de sanfermin.com, junto con la de especial Sanfermines de TVE, son las favoritas de Pedro. Lo ha leído y visto todo. Este año, descubrió que, además de información, podía contratar una visita que incluía ver el encierro desde un balcón, desayunar después en el Nuevo Casino Principal, ir a una corrida de toros, ver los fuegos cenando con más gente, una visita guiada, elegir hotel… Se montó un viaje con los servicios que más le apetecían y sorprendió a Marina, su mujer, con una escapada de 4 días a la capital de la Fiesta. Sus ojillos alegres hablan por sí solos: está felicísimo en Pamplona, pregunta muchos detalles, aprecia el trato personal que están recibiendo y, la verdad, dan ganas de pedirle a este ingeniero civil, ‘tocado’ hasta la médula por nuestro encierro, que escriba un libro con todo lo que sabe.

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Pero el caso de Pedro es una excepción. Son muchas las preguntas que los turistas hacen a los guías cuando van a ver el encierro desde un balcón. ¿Pueden correr las mujeres? ¿Dónde hay que inscribirse y cuánto cuesta? ¿Liman los cuernos a los toros? ¿Tú has corrido alguna vez? Suceden mil anécdotas: el que se ha quedado dormido en un sofá antes del encierro, quien ha sentido el fogonazo de bajar a correrlo en el último momento, o quien subiendo las escaleras del piso se pone una camiseta especial solo para verlo…

Hay Sanfermines para todos los gustos y edades. Para sorpresa de muchas familias, como ésta de Toledo, la juerga, el alcohol y los toros son solo parte de la Fiesta. Han venido los cuatro y se lo pasan pipa de día: ayer estuvieron en la Plaza de Toros viendo el final del encierro y hoy lo hacen desde un balcón. Luego irán a desayunar los tradicionales churros con chocolate en la calle Mañueta, buscarán a los Gigantes, bailarán con las txarangas en la calle… Las dos hijas, una de 14 años y la otra de 17, ya están planeando volver, en cuanto crezcan un poco, con su cuadrilla de amigos. Han dormido poco, lo habitual estos días, pero les ha compensado el madrugón.

Desde Calamocha, Teruel, han venido cinco empleados de Prefabricados Francisco Hernández. Esta empresa hizo el encofrado del ‘hotelito’ donde se hospedan los toros en Sanfermines, los Corralillos del Gas. Uno de ellos nos cuenta que cuando los pastores y los mayorales vieron la altura de la pared, se quedaron espantados: los toros podían verlos cuando pasaban y eso supone un gran peligro. Tenía fácil remedio y se añadió un remate de metal. El exterior de los corralillos luce unas pinturas en rojo y negro por recomendación de estos mismos encofradores. Por todo ello, sienten un poco suyo el hotelito toruno y este año la empresa les ha regalado un fin de semana sanferminero para descomprimir las neuronas o para inspirarse, según se mire.

¿Dónde está Robert, el boxeador neoyorquino? Suenan los tres cohetes, todo va muy rápido, la manada de toros y mozos atraviesa nuestra calle, algunos resbalan, otros son arrollados por los cabestros… y conseguimos ver a Robert correr como un jabato… hasta que tropieza, cae y se levanta en dos segundos. Un pequeño susto, la camiseta sucia, un golpe en la rodilla que le hace cojear, y poco más, bueno sí, algo más importante: el gesto de satisfacción en su cara. Lo saludamos desde el balcón y sube para celebrarlo y ver por televisión la increíble carrera en la que ha conseguido acercarse a los toros. Y ahí aparece Robert, en la pantalla, entre decenas de corredores.

Fotos: Ignacio Rubio/Javier Martínez de la Puente

Padilla sigue siendo el rey

El torero con parche de pirata no necesita mucha presentación. Quienes lo conocen bien se deshacen en elogios hacia él. Un tal Marqués, de la ganadería Miura, tiene la culpa del parche que tapa su ojo izquierdo. Le atravesó el oído y el ojo. Pero no le guarda rencor sino que le agradece la gloria que le ha dado.

Juan José Padilla (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1973), el panaderillo de Jerez, se deja querer… y mucho. La Plaza de Toros de Pamplona arde con su presencia. Estos sanfermines torea dos días: lo hizo el pasado miércoles y hoy sábado repite. Su presencia en la arena suscita mucho interés. Suele darlo todo porque él es así, un ‘entregao’, un tipo generoso. Nos lo confirmaba el otro día Miguel Araiz, ‘Rastrojo’, el jefe de los pastores del encierro: ellos tienen con Padilla un feeling muy especial que el año pasado nuestro fotógrafo Mikel Ciaurriz captó retratando al matador en brazos de sus amigos pastores.

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Este año hemos querido juntarlos de nuevo y Padilla nos ha regalado estas divertidas imágenes sacadas en el patio de caballos. Si no fuera por el uniforme de los pastores, bien podrían representar a una cuadrilla sanferminera dispuesta a pasarlo en grande. En esta ocasión, las fotografías las ha hecho otro de los nuestros, Javier Martínez de la Puente, pero Padilla se acordaba de Mikel Ciaurriz porque, al verlo, le ha saludado y le ha dicho “este año repetimos foto, ¿eh?”. La cita era a las 7:15 de la mañana y el pirata panadero ha hecho lo imposible por llegar. Un gesto que agradecemos de todo corazón.

Padilla despierta mucha simpatía. Por donde pasa deja huella. Su trayectoria es la de un héroe que ha sabido plantarle cara a la muerte y aferrarse a vivir haciendo lo que quiere. Su historia personal impresiona tanto o más que su arte. Se merece muchas orejas y rabos sólo por saber torear el sufrimiento.

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“La vida es un regalo” reza el título del libro que escribió María de Villota, la piloto de Fórmula 1 que también perdió un ojo en un accidente y que falleció el pasado mes de octubre. En él la piloto agradece a Padilla su apoyo y en varios capítulos aparecen reflexiones del torero acerca de lo que uno aprende cuando le ve la cara a la muerte. El libro viaja siempre en la maleta del torero como un amuleto que le protege, junto con las pulseras que le hacen sus dos hijos, Paloma y Martín.

A la piloto le pudo explicar, entre otras muchas cosas, cómo hacerse un buen parche, cómo colocarlo sin que le hiciera daño… ¡y cómo lucirlo! De hecho, él suele combinarlos con la ropa que viste porque se reconoce muy presumido. En varias entrevistas recientes afirma que le gusta mucho cocinar, ir a la playa, recibir amigos en casa, pedalear en tandem con su hija o pasear a sus seis perros.

Agradece casi todo en la vida. Dice que nada más despertar da gracias a Dios por vivir, y suele citar a menudo al doctor Carlos Val Carreres, que le devolvió la respiración el día de la fatal embestida, a otros muchos médicos, y a su mujer, que se llama Lidia –ironías del destino–, a quien conquistó llevándole pan a casa cuando ella apenas tenía 14 años, y cuyo apoyo incondicional está siendo crucial en su recuperación.

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La grave cogida le quitó, además de 18 kilos de peso, la visión del ojo izquierdo, la simetría, la profundidad, la velocidad, los reflejos… Pero gracias a una voluntad de hierro que le exigía largas horas de rehabilitación con fisioterapia y logopedia pudo recuperarse lo suficiente para volver a los ruedos. Una decisión nada fácil pero que se vio ratificada cuando, al comunicárselo a sus hijos, Paloma le preguntó: “¿Puedo contar en el cole que vas a torear de nuevo?”.

En fin, Padilla es un fuera de serie, un fenómeno de la naturaleza. Ha sufrido 37 cornadas y no cesa de repetir que la gloria y el sufrimiento van de la mano. Quizás por endulzarse un poco el camino, se ha aficionado a comer chocolate. Menos mal que con tanto deporte que practica lo quemará todo y podrá seguir luciendo tipo embutido en su traje de luces. Y para cuando vaya de paseo, le hemos regalado una camiseta con uno de nuestros dibujos sanfermineros del este año: “Pero sigo siendo el rey”. Nadie como él para lucirla. ¡Suerte, maestro!

“Tío, tú eres mi ángel”

“No me gusta nada correr”, afirma Bill Hillmann postrado en una cama del hospital de Navarra donde se recupera de la cornada que sufrió el pasado día 9. El toro se llamaba Brevito, el número 2 de la ganadería Victoriano del Río, famosa por la velocidad que alcanzan sus astados. La habitación parece un estudio de televisión. Los medios de comunicación quieren contar esta historia porque tiene mucha tela. En este caso, el corneado es un escritor estadounidense de 32 años, coautor del libro cuyo título en español sería “Cómo sobrevivir en el encierro de Pamplona”. Todo un guión para una película.

Bill sonríe campechano. Suena el teléfono de la habitación. Llaman de la CNN, el canal americano. Quieren conectar con él en directo para transmitirlo por televisión. Se corta. Vuelven a llamar. Bill responde con la paciencia de un manso. El único hilo de contacto con el exterior es el teléfono del hospital. Estos Sanfermines le han robado el pasaporte y el portátil, y su móvil americano no funciona en España.

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Ya ha relatado unas cuantas veces la cogida. Por activa y por pasiva. Sin rechistar. No ha cambiado de postura desde hace rato porque al menor movimiento la pierna derecha le recuerda que está malherida. Acaba de entrar Jim Hollander, un fotógrafo neoyorquino que viene a Pamplona desde hace muchos años para inmortalizar la Fiesta. Esta vez no fue él quien retrató la cogida de su conciudadano, pero ha ido a visitarle. Me dice que “Bill es un gran escritor” y me enseña un retrato que le hizo en Cuéllar al nombrarle embajador de la fiesta taurina en esa localidad. Charlan unos minutos. Ambos pertenecen a esa tribu de guiris adictos al encierro y a los Sanfermines.

Varias cadenas de televisión, una emisora de radio, dos de sus amigos más cercanos, las trabajadoras sociales del hospital, la señora que limpia la habitación, las enfermeras… han desfilado en procesión. Espero y por fin consigo hacerme un hueco para estar a solas con él. Le noto cansado. Han traído la comida así que le ayudo con la logística. Su mujer se ha ido a descansar tras pasar la noche con él. Bill come con apetito. Dice que le encanta la comida española. Saco la libreta con pudor. Este hombre debería descansar… Se abre la puerta. Cielos, otra visita.

Entran tres hombres corpulentos y una mujer. Les digo que Bill está agotado pero, claro, quieren saludar a su amigo. Hablan inglés con acento americano. Bill les recibe con alegría. Guardo la libreta y escucho. Ellos también sufren la enfermedad sanferminera: no fallan en la fiesta ni un solo día. Uno de ellos fue corneado hace años en un encierro. Otro lleva un ejemplar de la novela que acaba de publicar Bill, “The old neighborhood” (El viejo barrio), para que se lo dedique. ¿Lo tendría por casualidad en la maleta junto con sus pantalones y camisetas blancos o lo habrá comprado ayer en Amazon? Bill coge un bolígrafo y le escribe algo en la primera página… escribe y escribe… muy concentrado… quizás sea lo primero que ha escrito tras la cornada y por eso se lo toma con calma.

Sus amigos se marchan y yo también me dispongo a hacerlo. En realidad, mi misión ha terminado hace rato: le he traído un portátil para que siga contando historias en su periódico, el Chicago Tribune, o anote sus primeras impresiones tras la cornada, el lío que se ha montado, etc. Ideas no le faltarán. El portátil me lo ha dado Mikel Ciaurriz, uno de los fotógrafos de Sanfermin.com, el autor de la fotografía que ha dado la vuelta al mundo y que, además, ha generado la bonita historia que me ha traído hasta el hospital.

¿Qué sucedió? Tras recoger en imágenes la cornada que logró captar, Mikel sintió que aquello podía ser muy grave, que el pitón rozaba la arteria femoral. Se acercó a él mientras el equipo de Cruz Roja lo atendía. Buscó la cara de Bill. Se encontraron con la mirada. Bill le hizo el gesto de OK con las manos y Mikel le respondió con el mismo gesto. Pura empatía. Horas después, se volvían a encontrar en el hospital: Bill reconoció enseguida a Mikel, que se acercó a ver cómo estaba y si necesitaba algo. “Eres mi ángel, tío”, fue casi lo primero que le dijo Bill. Y lo fue: le prestó su teléfono para llamar a sus padres y decirles que estaba OK.

Bill parece muy feliz cuando le muestro el portátil. Todavía no cuenta con la conexión a Internet pero al menos podrá escribir. Insiste en que hablemos, que lo entreviste y tiemblo porque se han agotado las pilas. Me gustaría que nuestra conversación fuera un relajante antes de la siesta, aunque me temo que el teléfono seguirá sonando porque es la hora en que Estados Unidos se despierta. Allá voy, con mis ‘banderillas’.

¿Tus padres ya saben que estás bien?
Sí. Gracias a que Mikel, el fotógrafo, me dejó su teléfono. ¡Él me salvó!

¿Qué pasó entre vosotros?
Cuando me atendían los equipos de emergencia, yo le estaba mirando. Mientras, pensaba que seguía vivo, que simplemente me había cogido el toro, que no estaba loco. No quiero que nadie piense que estoy loco, que tengo miedo… La forma en que él me sonreía y me miraba era parte de aquel momento, y yo le quería transmitir que dijera a la gente que estaba bien. Me encantó. Sentía ganas de gritar en español “amo a los toros”, pero sangraba un montón y bueno, no lo hice, pero daba gracias por haber corrido y estar vivo.

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De las primeras visitas que recibiste fue la de Mikel Ciaurriz.
Sí, la primera. Estaba solo en la habitación porque mi mujer se había ido a buscar a nuestros amigos. Cuando entró, lo reconocí enseguida. Luego me enseñó las fotos y eso me ayudó a entender qué había sucedido, cómo me empujaron, cómo caí. Fueron las primeras imágenes que veía, y fue muy importante para mí, muy sanador. No podía creerlo que un perfecto extraño se portara así conmigo. ¿Qué necesitas? Me preguntó. Y yo sólo pensaba en mis padres… Le dije “me gustaría hablar con mis padres”. Y no lo dudó, me ofreció su teléfono, “dime el número”. Eran las 6 de la mañana en Chicago, mis padres se iban a despertar y verían las noticias. Me daba mucho apuro, pero acepté. No quería que se preocuparan. Sabía que si me escuchaban se iban a tranquilizar. Fue un regalo, el regalo más precioso de toda esta historia. Es un hombre increíble.

¿Qué echas de menos en este momento?
La Fiesta, los Sanfermines, ¡me los estoy perdiendo! Yo no quiero ver el encierro por televisión sino correrlo, y siento no poder estar ahí con mis amigos. Llevo viniendo cinco años y me quedo durante todos los días de las fiestas.

¿Te sientes inspirado para contar nuevas historias sobre el encierro? ¿Te rondan ya ideas en la cabeza?
Sí, sí, mi periódico, el Chicago Tribune, ya me ha pedido que escriba algo y estoy dándole vueltas. Ahora que ya tengo ordenador podré trabajar en ello, eso es genial. Tengo muchas ganas de escribir.

Después de Pamplona, ¿regresas a Estados Unidos?
No todavía, quizás vayamos a Marruecos, no sé, dependerá de cómo esté mi pierna, si puedo cargar con el equipaje, moverme…. En agosto viajaremos a Londres para presentar mi novela. Allí mi amigo, el escritor Irvin Welsh, me ha organizado un montón de eventos. Él es muy reconocido en su país y me está ayudando un montón, somos muy buenos amigos.

¿Cuándo escribiste esa novela, “The old neighborhood”?
La empecé hace casi diez años y la reescribí muchas veces para intentar mejorarla. Ha sido publicada hace unos meses.

Este año también has publicado un libro en formato electrónico sobre los Sanfermines, junto con otros tres autores, “How to survive in the running of the Bulls”.
Sí, lo hemos escrito entre cuatro y también participa un fotógrafo, Jim Hollander, que acaba de visitarme. Joe Distler, que es un corredor del encierro increíble, John Hemingway, el nieto del Premio Nobel, y Alexander Fiske-Harrison, que ha coordinado todo el proyecto.

¿Cómo es eso de escribir en grupo?
El libro lo dividimos en cuatro partes. Yo escribí el capítulo sobre el encierro, cómo correr, qué debes tener en cuenta, que no te pillen los toros… cosas así (se ríe). John habla sobre la pasión de su abuelo, Ernest Hemingway, por los Sanfermines. Joe cuenta cómo era históricamente el encierro, los primeros corredores… Alexander hizo el trabajo más difícil, que es unir y dar forma al libro, editarlo, divulgarlo y darlo a conocer. El alcalde de Pamplona ha escrito la presentación y algunos corredores de aquí, como Jokin, Josetxo y otros, aportan sus consejos para correr el encierro. Ha sido un trabajo de cooperación muy bonito.

En las fotografías de tu cogida se ve que calzabas unas zapatillas que parecen calcetines con dedos. ¿Son las famosas ‘barefoot’ (descalzo)?
Sí, siempre corro con ellas porque me encantan, son muy cómodas y muy ligeras. Estas las tengo desde hace tres años, las uso para correr y para hacer ejercicio.

¿Han sobrevivido al accidente?
Creo que sí, ahora mismo no sé donde están todas mis cosas, pero sé que sobrevivieron.

¿Has leído Fiesta, de Hemingway?
Sí, fue el primer libro que leí. Era un mal estudiante de pequeño. Tenía ya veinte años y cuando lo terminé sentí el deseo de escribir y contar historias. Pensé: “quiero ser escritor, quiero ir a España y quiero correr con los toros”.

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Suena el teléfono. Bill responde amable. Es Michael, un amigo. Le dice que vuelva a llamar en unos minutos porque ahora le están entrevistando y que estará encantado de que le visite en el hospital.

Al escribir el libro, ¿pensaste que alguna vez podrías ser cogido por un toro?
Sí, siempre he pensado que podría sucederme. El peligro está ahí, puedes fallar, y con los toros nunca se sabe. Pero he tenido mucha suerte porque no ha sido grave.

Como escritor, debes tener una mirada especial a la hora de contar qué vives corriendo el encierro. ¿Qué pasa dentro de ti justo antes del encierro?
Es increíble. Siento miedo, esperanza… dudo de mí mismo, de si tendré habilidad… y también un sentimiento de hermandad y de amistad, cuando veo a mis amigos, ¡aaahhh!, y chocamos las manos y nos deseamos “suerte”, y sabes que ellos están contigo y tú con ellos, porque nos sentimos todos del mismo modo… todo pasa en unos minutos pero se repite al día siguiente… Es maravilloso.

¿Y durante la carrera?
Mientras corres, sientes mucha prisa, mucha excitación, ¡hay tanta gente!… Los mejores encierros para mí son los que consigo tener una visión focalizada, lo cual es difícil, porque hay miles de personas intentando hacer lo mismo, y algunas saben de qué va eso, pero otras muchas no. Y de pronto llega esa manada de animales feroces, con sus pisadas tremendas, yo lo llamo un “toro-caos”, en ese momento tratar de concentrar la mente en tu carrera no es fácil.

¿Qué sucede cuando notas a los toros a tu lado?
Es una sensación fantástica, sientes mucha fuerza, y cuando logras acercarte al toro y el toro te acepta, y corre contigo… es alucinante. Yo espero todo el año para sentir eso todos los días del encierro.

¿Cómo decides a tanta velocidad?
Lo complicado es predecir, en milésimas de segundo, qué hará el toro, cómo se moverá. Miras atrás y a veces escuchas el bramido del toro, que suena impresionante (lo imita con sonido aaaaaaaaaa) otras veces sólo se escuchan las pisadas (chun, chun, chun), con su ritmo aplastante pero calmado. Unos se caen, otros se empujan… Los toros pueden reaccionar de manera totalmente sorpresiva. El toro que me cogió iba tranquilo, lo sentí que corría conmigo, y de repente soltó un bramido, uaaaaaa. Si hubiera visto que tenía detrás a otro corredor, no hubiera reaccionado como lo hice, pero él quería protegerse del peligro también, y en su intento me empujó a mí, caí… y el toro me embistió.

Bill resopla cuando termina de contarlo, como si acabara de correr.

Y cuando termina la carrera, ¿también sientes esa fuerza, ese poder?
A veces, muy pocas, siento ese poder, cuando sé que los toros están conmigo. Es más que poder, siento que soy parte del animal, que estamos juntos, que todo irá bien, es como decir “vamos”. Después te llega una inmensa alegría, lo ves por la tele y dices ¡uau!, qué adrenalina. Pero si no ha ido bien, me quedo fatal, me da mucho bajón.

¿Qué es irte mal, cuando no logras ponerte delante de los toros?
Sí, es descorazonador. Me entran dudas, pienso que he fracasado, que quizás no pueda volver a correr.

Suena el teléfono de nuevo, esta vez desde Chicago. Les pide que llamen en 10 minutos.

¿Sueles correr de forma habitual? Me refiero durante el año.
No, de hecho, odio correr, me cansa, me aburre… Lo único que me hace correr son los toros. Mis piernas son demasiado grandes, me pesan los brazos… No es divertido para mí.

¿Practicas algún deporte?
He jugado al fútbol americano, he sido campeón de boxeo, y a veces hago ejercicio. He tenido que dejar el boxeo porque me produce adicción.

¿Correrás de nuevo?
Sí, eso espero. Iré a Cuéllar en agosto e intentaré correr.

¿Recuerdas la primera vez que pensaste en los toros?
Había visto algún video sobre el encierro, pero poca cosa. Donde descubrí a los toros fue leyendo “Fiesta”. Eso me enganchó. Cuando supe que esa fiesta seguía viva como en ningún lugar del mundo, vine a Pamplona y se convirtió en una obsesión.

Termino. Le explico todo lo que va en la maleta junto con el portátil, el cargador, los auriculares sin estrenar que le ha metido Mikel… y pongo el material a buen recaudo para que no se caiga entre tanto lío. Salgo con la sensación de haber vivido un encierro… por dentro.

Los guardianes del encierro

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A las 6 de la mañana comienza la jornada de los pastores. Son los guardianes del encierro, los responsables de conducir a los toros hasta la plaza. Su misión es de una gran responsabilidad: ver venir a los toros, anticiparse a sus movimientos, y si no cogen la dirección correcta, enderezarlos. Su trabajo es crucial para evitar cornadas. Pero como no son dioses, eso no siempre sucede.

Los pastores forman un auténtico clan: once hombres (hasta ahora no ha habido mujeres) en excelente forma física que nunca fallan, ¡nunca! Si alguno se indispone, toma el medicamento que sea con tal de estar en su puesto. Cada cien metros se relevan con el fin de cubrir los 850 metros de recorrido del encierro.

Este equipazo se ocupa de los toros durante todo el día: en el encierro, en las vaquillas posteriores, en la corrida de toros, cuando la carne es desollada, en el encierrillo… De las 6 a las 10.30 de la noche. Cogen el relevo a los mayorales, que son quienes cuidan a las reses hasta que llegan los pastores.

Cada día de los safermines, a eso de las 10 de la noche, los once bajan a los Corrales del Gas, el ‘hotel’ donde los astados pasan sus últimos días de vida, y los trasladan hasta otro corral, más pequeño, situado a escasos metros del inicio de la Cuesta de Santo Domingo desde donde sale la carrera. En un silencio sepulcral, sin apenas luz, los seis morlacos suben con los pastores hasta el campamento base. Se trata del encierrillo, un ritual que se repite a diario y que lo siguen cientos de personas. Uno de esos momentos mágicos de la fiesta.

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Fran Itarte cumple este año su 31 encierro pastoreando, el segundo más veterano de este peculiar clan. Se le encienden sus ojos azules cuando explica lo que siente ahí dentro, en el vientre del encierro. Empezó corriendo, a los 15 años, y a los 18 ya lo ficharon como pastor. Su primer día estrenó zapatillas, se retrasó un poco y los municipales no le querían dejar entrar. Nació en Peralta, un pueblo de la Ribera de Navarra, pero reside en Pamplona desde hace mucho. Regenta una pescadería donde también derrocha simpatía y buen humor.

Como cada día, tras el encierro se reúnen los once con algunos familiares y amigos para almorzar en la cafetería Chez Belagua de la calle Estafeta. Sus anfitriones los tratan a papo de rey. Disfrutan de un rato de relax después de la tensión. Quedo allí con Fran para charlar un rato y tratar de exprimir unas gotas de esa pasión que tanto les mueve.

¿Has soñado alguna vez con toros?
Muchas veces, pero hoy en concreto me he pasado toda la noche en el encierro. Les gritaba a unos mozos “echaos en la alcantarilla, que los toros van a pasar encima”.

¿Cómo has visto a los toros de hoy, los Torrestrella?
Esta es una ganadería que me gusta mucho y hoy había tres burracos que me han encantado. Tienen el pelo blanco y negro chorreado. Se llaman burracos como unos pájaros de Andalucía que tienen esas tonalidades. Quizás viene de “urraca”. Aunque mis preferidos son los salineros, que son de fondo blanco chorreado colorado, como si le hubieran echado encima un cubo de pintura roja.

¿A qué hora te acostaste ayer?
Solemos terminar el día cenando todos juntos y nos retiramos pronto a dormir.

¿Y si un día te pones enfermo?
Imposible, nosotros no podemos fallar ninguno. Hemos corrido con todo tipo de roturas y malestares. Las ampollas de Nolotil nos han salvado de muchas.

Vuestro uniforme es una camiseta verde y un pantalón azul. ¿Qué representa el color verde?
Yo suelo decir que vamos de jardineros, como todos los trabajadores del Ayuntamiento de Pamplona. No se lo pensaron mucho a la hora de uniformarnos.

Vosotros que conocéis tan bien a los toros, ¿cómo pueden coger tanta velocidad con lo grandes y pesados que son?
Los movimientos del toro en reposo parecen torpes porque gastan lo mínimo. Pero cuando empiezan, son eléctricos, explosivos, se ponen a 100 en milésimas de segundo. Además, el toro de lidia ha ido mejorando genéticamente, lo cual le aporta más potencia.

En la distancia corta, ¿qué envergadura tienen los cuernos?
Pueden medir 80 cm. o más, pero la sensación es mucho mayor por su forma. Conozco a una veterinaria de la Universidad de León que está haciendo una tesis doctoral sobre los cuernos de los toros. Los miden desde todos los ángulos.

¿Y cómo es la sensación de tocar un cuerno?
Al tocarlo te sientes una mierda, es un sentimiento de impotencia. Y ya cuando te coge te sientes ridículo, como si te pegaran un gran mazazo. Yo he recibido unas cuantas cornadas, hablo por experiencia. Sin embargo, la morfología del cuerno hace que cuando el pitón penetra el cuerpo va como retirando los tejidos y lo que más suele herir es la carne. Eso me lo explicó el cirujano jefe de la plaza de Jerez de la Frontera, en Cádiz.

¿Cómo es la piel de toro al tacto?
Dura, parecida al cuero, preciosa.

¿No te da pena ver morir por la tarde a los toros con los que corréis?
Sí, nos da duelo a nosotros, los pastores, a los mayorales y a los ganaderos. Porque a todos nos gustan mucho los toros.

A los Miura los rodea una cierta mística. ¿Coincide con la realidad?
Desde luego. Son los toros más diferentes y raros de todos. Su comportamiento es gregario, van siempre juntos, pero si en los corrales se empeñan en algo, por ejemplo, que no pasan por una puerta, ya te puedes quedar todo el día esperando que no pasarán. Uno de ellos saltó una vez una tapia de tres metros y quedó encajonado en una tronera. Suelen tener reacciones atípicas, de ahí su peligrosidad. Procede de una raza que se cría en el campo desde hace más 170 años, yo diría que viven asilvestrados.

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En el transcurso de los 31 años que llevas pastoreando el encierro, ¿notas cambios entre los corredores?
Ha cambiado sobre todo la nacionalidad de los corredores y ha aumentado el número de los que corren por primera vez, que supone la mitad de todos ellos. Bueno, en realidad el encierro lo corren 50 personas, el resto, hasta 4.000, es relleno.

Entre esos 50, ¿hay alguno en especial?
Muchos, y son portentos físicamente, como Dani Oteiza y Fermín Barón. Para aguantar 150 metros de carrera rozando los pitones de los toros, lo máximo que puedes, necesitas mucha fuerza.

¿Recuerdas algún toro que te llamara mucho la atención?
El más grande, un Dolores Aguirre; pero también recuerdo un Miura de 701 kg., llamado Caramelo: me puso el ojo encima y a me pareció tan grande como el de una lavadora. Tuve su cara encima, impresionante.

¿Vosotros corréis tanto riesgo como los corredores?
Arriesgamos tanto como los que se ponen cerca o incluso más, porque estamos mucho tiempo entre toros.

¿Qué cualidades consideras esenciales en un pastor de toros?
Sangre fría, templanza y serenidad pase lo que pase.

¿En qué te fijas para saber qué movimientos harán?
Les miro a los ojos, como a los caballos, porque su mirada me dice mucho.

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Dejo que Fran se tome el café tranquilo. Nada más empezar la conversación me había propuesto hablar con el ‘capitán’ de los pastores, Miguel Araiz, también conocido como ‘Rastrojo’ por su baja estatura y complexión corpulenta. “Lo van a estudiar cuando se muera para ver qué motor lleva dentro. Tiene 63 años y es el único de nosotros que corre todo el recorrido, desde Santo Domingo hasta la Plaza de Toros”, me adelanta Fran. Me acerco a la esquina de la mesa donde se sienta. Su sonriente cara bronceada trasluce bienestar.

¿Cómo consigues esa excelente forma física?
Yo creo que son las ensaladas, de verdad. Soy de Caparroso, allí crío todo tipo de verduras en mis invernaderos, y en casa comemos mucho verde, sobre todo, ensaladas del tiempo. La buena salud se la debo en parte a mi mujer, que prepara comida casera de mucha calidad, cocinada al fuego. Eso es un lujo.

Pero, ¿eres vegetariano?
No, como de todo, pero las ensaladas son fundamentales en mi dieta.

¿Practicas algún deporte a diario?
Paso el día en el campo, trabajando, y hago mucho ejercicio. A partir de enero suelo salir a correr unos ocho kilómetros varias veces por semana, y cuanto más calor hace más a gusto corro.

¿Y algún secreto más que te mantiene como un chaval?
Mis padres vivieron más de 90 años y con bastante salud, así que la genética influye. Y nunca he fumado ni bebo alcohol, sólo en raras ocasiones.

¿Cómo empezaste en este oficio?
Me he criado entre vacas y mi padre era pastor de ovejas. La primera vez que corrí con unas vaquillas estrenaba una camisa y en una embestida se me rompió en jirones. Temí que mi madre se enfadaría mucho pero, para mi sorpresa, me dijo: “Ya te compraré otra”. Empecé a los 16 años, con Ángel Macua, en Mendigorría. Con el tiempo un día me dijeron: “tienes que subir a Pamplona de pastor”. Era mi mayor ilusión. Me estrené con 20 años.

¿Todos los encierros son diferentes?
Para mí todos son iguales. Lo malo es cuando un toro se despista. Pero el toro es más noble que las personas: si no te metes con él, no te hace nada. Viven cuatro años como un rey y mueren como gladiadores.

¿Has recibido alguna cornada?
Llevo cinco cornadas, pero es normal. Si no te han corneado alguna vez es que no te has arrimado mucho a los toros. He tenido mucha suerte con los médicos que me han tratado, en Zaragoza me cuidaron genial, y también en Pamplona, donde los cirujanos son excepcionales.

¿Sufres cuando los matan?
La muerte del toro es la parte que menos nos gusta a todos. Quizás un día eso cambie y ocurra como en Francia, que los torean pero no los matan.

¿Te gustan las corridas de toros?
Sí, y como tenemos relación con los toreros, los acabamos conociendo a casi todos. Pero en Pamplona, y entre nosotros los pastores en particular, se le quiere mucho a Padilla. Para mí, al margen de su faceta artística, lo que me gusta de Padilla es su bondad, lo gran persona que es, yo diría que es un diez. Vuelve estos Sanfermines y será un placer verlo torear y pasar un rato con él.

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Quien organiza a los pastores es Jesús Merino, pero después de él tú eres la autoridad del clan: ¿qué cualidades valoran más en ellos?
Sobre todo, que sean buenas personas, buenos compañeros, respetuosos con las reglas. Aquí no hay amiguismo. Procuro que todos seamos iguales. No puede haber gallos, porque arriesgamos mucho cada día. En realidad, te juegas la vida por nada.

¿Qué se requiere para correr bien el encierro?
No beber, estar en buena forma física, preverlo de antemano (no como un gesto espontáneo), respetar las normas y echarle suficiente valor.

¿Sueles llevar contigo en el encierro algún amuleto que te proteja?
Nada. Hay que usar la cabeza y pensar antes de hacer. No me altero por nada, cuando me enfado me pongo muy serio, pero siempre desde la templanza.

¿Has pensado en jubilarte pronto? ¿Qué te llevarás de todos estos años de pastoreo en los Sanfermines de Pamplona?
En algún momento tendré que plantearme dejarlo, sí, me encuentro muy bien pero los años no te los puedes quitar. Y me quedaré con toda la gente maravillosa y de todas partes, a la que he conocido en todos estos años.

Nos despedimos. La calle Estafeta ya ha sido limpiada. Ya huele mejor. Se acerca el mediodía. Las mañanas sanfermineras las protagonizan los niños, sus padres, la gente mayor… Los trajes inmaculados devuelven la luz a la fiesta. Mientras, el turno de noche repone fuerzas para la siguiente marcha. Un disfrute sin fin.

Fotos: Javier Martínez de la Puente

Siete brujas vascas, y el fuego de Kepa Junkera

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La música es el corazón de la fiesta. La música sin apellidos. La música que nos lleva a cualquier lugar del planeta en unos segundos. Estos días en Pamplona suena un caleidoscopio de ritmos. Sanfermin es un baila que te baila. Serenos, con puntillo o borrachos, los fiesteros se mueven calle arriba calle abajo. Te dejas perder un rato entre las estrechas callejuelas de la parte vieja y no tardas en escuchar el estruendo de unos bombos, la melodía de unos txistus, la canción del verano, el ancestral ritmo de la txalaparta, aquí un saxofón, allá una batukada… Un precioso caos en armónica anarquía.

La ciudad rezuma música, la espontánea y la organizada. Un programa de más de 450 conciertos ofrece a los fiesteros la posibilidad de disfrutar gratuitamente del arte que con más velocidad nos hace sentirnos juntos, que somos parecidos, que en el fondo hay pocas diferencias. Porque, si algo hace singular a los Sanfermines, es este sentimiento de hermanarse con el de al lado, que viste más o menos como tú, que quiere divertirse y por tanto saca lo mejor para compartir. Te arrimas al que tengas a tu lado aunque no lo conozcas de nada, le agarras por el hombro, haces lo mismo con el otro brazo, así, en cadeneta, y cuando ya te sientes parte del conjunto, te dejas mover por la música que suene procurando ir más o menos al unísono.

Mucho sabe de ello el músico bilbaíno, y del mundo, Kepa Junkera. Recorre el planeta con su trikitixa, una pequeña acordeón tradicional vasca que desde hace más de un siglo chorrea alegría en las plazas de los pueblos. Con ella ha contado sus historias en Tokio, Estambul, Nueva York, Buenos Aires, París, Estocolmo… y una interminable lista de ciudades que se han rendido al encanto de este instrumento ‘aviva fueguitos’. Con ella también ha embrujado a músicos de los más variados estilos, Luz Casal, Carmen París, Antonio Carmona, Aran Malikian, Dulce Pontes, Carlos Núñez, The Chieftains, sólo por citar los más conocidos.

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Este año Kepa Junkera ha traído a Pamplona un proyecto muy especial con el que quiere seguir comunicando su pasión por la trikitixa tal y como él la entiende. Cantar, bailar, tocar. Un todo en uno. Nos lo explicaba el propio Kepa Junkera unas horas antes del concierto: “Así es como yo entiendo la trikitixa. Así me lo han transmitido los que me han precedido. Voy a presentar algo nuevo”. Él ha aprendido con aquellos juglares, trikitalaris que iban de pueblo en pueblo alegrando la vida a sus gentes.

Nuestros abuelos suelen contar que cuando eran jóvenes, en el pueblo, ansiaban la llegada de las tardes de domingo para salir a la plaza a bailar y a cantar al ritmo de una trikitixa, beber algún vaso de vino (si es que tenían dinero) y tal vez rozarse, lo cual no era nada fácil, entre jota y jota, con quien le hubieras echado el ojo. Entonces no había Whatsapp, ni Spotify, ni Facebook… y su entretenimiento básico era la música en directo. Por eso, ha incorporado a su proyecto a un grupo de ‘sorginak’ (brujas) veinteañeras que cantan, tocan las panderetas, bailan y transforman el escenario en una marmita de felicidad.

Siete mujeres vascas y Kepa Junkera avivando el fuego con su trikitixa. Amets Ormaetxea, Alaitz Escudero, Leire Etxezarreta, Irati Gutiérrez, Garazi Otaegui, María Lasa y Alaitz Aulestia: pandereta, voz, baile y percusiones. Actuaron dentro del programa Euskal Musika (música vasca), en el parque de la Taconera. Derrocharon kilos de alegría. El público coreaba las canciones, todas preciosas, de las que cantaban nuestros padres, abuelos y de ahí para atrás. Un concierto de lujo abarrotado de gente que terminó, como suele ser habitual, con todo el mundo bailando.

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En su Twitter, el músico lo resume así: “Ayer súper a gusto, eskerrik asko Iruña¡¡¡ Ahora a preparar Lugo, Torralba de Calatrava y Zamora… Vienen días maravillosos… cada día me gusta más tocar y compartir la música con tantos amigos”. Si os pilla un concierto en vuestra ciudad o de vacaciones, no os lo perdáis. El próximo es el 17 de julio en el Museo Guggenheim de Bilbao, en la gala del 150 aniversario de Cruz Roja. Le siguen El Vendrell, San Joan de les Abadesses, Isaba, Alp. Pinchad aquí para haceros una idea de lo que mueven estas brujitas…

Fotos: © Javier Martínez de la Puente

China se asoma al balcón

Sebastian Stone sonríe que da gusto. Su nombre es latino pero sus ojos rasgados y el tono de la piel delatan su origen oriental. En realidad, procede de Taiwan, China. Repite su segunda , visita a Pamplona durante los sanfermines. Trabaja como guía turístico y reconoce que el país que más le gusta de Europa es España. “Aquí la gente es más simpática y hace mejor tiempo”. Lo cuenta en un español básico. Con él viajan 25 chinos venidos de distintos puntos del planeta, de Shangai, de California, de Taiwan… Han querido conocer el Camino de Santiago.

“En verano resulta más fácil que el sur de España”, explica Sebastian. Entre ellos, cuatro personas mayores, varios niños, algún joven… Su primera parada ha sido Pamplona. Han alquilado un balcón en la plaza del Ayuntamiento para disfrutar por primera vez en su vida de la magia del encierro.

Todos portan unos teléfonos móviles gigantes, la mayoría Android y de fabricación coreana. No paran de hacer fotos. Algunos son familiares entre sí. Destaca entre las mujeres una especialmente corpulenta y alta, quizás mida un metro ochenta. Explica a sus hijos en un inglés con acento americano lo que va a pasar en breve. Es de Los Ángeles, California. Pero sin duda los más curiosos son los seniors, tres señoras y un señor, con aspecto de más de setenta años. Parecen salidos de una película de culto. Geniales. Lástima que no hablen inglés ni yo chino.

Isabel, la guía local de la empresa con la que han contratado el servicio, Destino Navarra, les anima a repartirse por los distintos balcones pero el caso es que la mayoría se queda en uno, el de la esquina con la calle Mercaderes, y de ahí apenas se mueven. Algunos hablan inglés, pero no es fácil entenderlos: tienen un acento muy marcado y tras varias repeticiones de la misma frase, desisto. Toman café, comen pastas, charlotean… sin demasiado ruido. No parecen veinticinco sino una docena. Apenas gritan, se mueven sigilosos, ocupan poco espacio… Todo un contraste con el griterío que llega de la calle y la sensación que transmiten otros cuerpos.

¿Te gusta vivir en Taiwan?, le pregunto a Sebastian. “No está mal, aunque es un país demasiado pequeño”, responde. Una isla de 383 km de largo casi pegada a China y con apenas 26 millones de habitantes y muchas playas. A 18 horas de vuelo haciendo escala en Tailandia. Los portugueses la llamaron Formosa (isla hermosa). Sebastian viste una camiseta rosa y pantalón vaquero. El resto de su grupo tampoco se ha disfrazado de blanco y rojo. Mañana salen para su próxima parada, San Millán de la Cogolla. Les recomiendo ir a ver los toros a los corrales del gas, pero no les queda tiempo. Me preguntan cuántos toros correrán el encierro y qué pasa luego con ellos. Alucinan al escuchar el relato en tres pinceladas.

Por fin llegan las 8, suenan los tres cohetes, todos a sus puestos de balcón con los teléfonos-cámaras. La manada de toros llega entre el tropel de mozos. Pasan tan rápido que apenas da tiempo a disfrutar de ese momento. En el piso hay un televisor encendido que retransmite el encierro. Nos arremolinamos allí. Los chinos abren tanto los ojos que recuerdan a las películas de anime (aunque sean japonesas). Aaaaaaah, uaaaaaaa, exclaman a coro. Suena con un tono de ingenuidad dulzona. ¿Qué pensarán? ¿Qué sentirán? ¿Creerán que estamos locos? Seguramente nunca había visto un toro en vivo. ¿Correrás el encierro cuando seas mayor?, le preguntan a uno de los niños. “Quizás”, responde entre risas y ojoplatónico tras el espectáculo. Todos corean al pequeño oriental que habla perfecto inglés.

Métete en la fiesta. Toros, sangría, guiris y cuadrillas

SANGRÍA, EL ELIXIR DE LA FIESTA
“Vino tinto, agua, azúcar, ácido cítrico y extractos naturales de frutas y de canela. 5,5 grados de alcohol”. Esta es la fórmula ‘industrial’ de una sangría que se vende en botellas de plástico. Nada que ver con la auténtica sangría, of course, hecha con frutas naturales (limones, naranjas, melocotones), vino de verdad, azúcar… y que se deja macerar durante horas antes de tomarla. Dicen que a Hemingway le chiflaba la sangría, pero seguro que probó muchas y muy buenas, nada que ver con la que corre a mares estos días por las calles de Pamplona.

En sanfermin, la sangría y el kalimotxo (vino con cocacola) riegan los cuerpos y las calles sin medida. Una buena sangría cuesta un pastón, así que la mayoría opta por un sucedáneo, barato, y que cumple su función alcoholizante y de juerga sin dejarte despeluchao. Para muchos, no hay nada más divertido que regar a sus amigos con la divina sangría. En el chupinazo, en el tendido de sol, en las peñas… es la compañera inseparable. Te guste o no, o te la tomas o te bañas en ella. Y en ese ajetreo sin duda te vas a topar con una botella de sangría Don Simón, fabricada en el sur de España por la centenaria empresa García Carrión.

La sangría la trajeron los ingleses a España en el siglo XIX. Y, como ocurre con la tortilla de patata, cada cual tiene su receta propia de sangría. Aunque estos días poco parece importar su sabor: lo que se trata es de bailar y cantar y hacer el gamba. ¡Bebes loquesea con tal de emborracharte!

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GUIRIS HEMINGWAYNES
Los guiris (así llamamos aquí a los extranjeros) que vienen a Pamplona son muy agradecidos con las tradiciones: ellos se tunean cual hemingwaynes recién salidos de un gimnasio; ellas recuerdan a algunas pelis de Hollywood. Vestidos de blanco, pañuelo rojo al cuello, sonrisa de buen rollo y completan el disfraz de fiesta con una bota de vino que suelen llenar con sangría y que llevan pegada a todas horas. Echan un trago cuando apetece y en cuanto surge la ocasión rocían con ella al primero que pase por allí.

Muchos de estos guiris, los más jóvenes, van en su cuadrilla, luciendo la misma camiseta. Se mueven en manadas, exaltados y felices, cantan, ríen, beben, bailan, se desmelenan… ante la mirada sorprendida de los locales, algo más contenidos. Luego, cuando a unos y otros les ha subido el alcohol hasta las cejas, guiris y locales se desmadran por igual, se arriman y se mezclan en la juerga.
Where are you from? This is your first time in Pamplona? The bulls will run tomorrow here. Con unas pocas frases simplonas puedes hacer amigos guiris en sanfermines, porque lo de menos es la conversación. Bebes un trago, suena una txaranga, levantas el vaso de sangría, kalimotxo o caña, y la música hace el resto. A Hemingway le encantaba dejarse llevar por la marea humana. Lo contó con una prosa exquisita en su archicomentada novela, “Fiesta“, y a los guiris que aterrizan en esta ciudad siguiendo sus pasos, también parece fascinarles este carnaval con ecos ancestrales.

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“PERO SIGO SIENDO EL REY”
Sin duda, lo que hace únicas estas fiestas son los encierros. Vilipendiados por unos y ensalzados por casi todos, generan una expectación difícil de explicar. Dos o tres días antes del comienzo de las fiestas, los 48 toros que protagonizan el espectáculo por la mañana –una carrera vertiginosa de 850 metros– y mueren en la plaza de toros por la tarde, aguardan su destino fatal en los Corrales del Gas. Agrupados por sus respectivas ganaderías, allí pasan sus últimos días.

Muchas personas se acercan para verlos a pocos metros. Juntos y sin mozos alrededor, todavía parecen más bestias, más enormes, más potentes. Apenas se mueven, impasibles, concentrados como los leones en la selva. Al menor movimiento, sus cuernos parecen embestir el aire.

Estos días lluviosos se les ve embarrados, pesados. Cuesta imaginarlos correr con semejante mole de carne encima. Y sin embargo, lo harán, cuesta arriba, más de 500 kilazos, los hay hasta de 600… Los miuras, los victorianos, los doloresaguirre, los jandilla… Quienes saben de toros los diferencian sin problema.

Como siempre en estas fechas, el fantasma de la muerte planea por las calles. Hasta hoy se cuentan 16 mozos muertos en un encierro, la mayoría veinteañeros, entre ellos un mexicano y un estadounidense. Pero ha habido decenas de heridos a lo largo de la historia. Este año, a iniciativa de varias asociaciones ciudadanas, se ha colocado un poste de hierro en el vallado, como recuerdo “a los fallecidos en el encierro”.

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SIN CUADRILLA NO HAY FIESTA
Vivir los sanfermines es vivir en cuadrilla. Sin ella la fiesta no es fiesta. La cuadrilla aglutina los deseos de juerga, cobija de posibles muermos, sube la moral y te ayuda a disfrutar de estos días de locura. Las cuadrillas siguen su liturgia festiva: quedar para almorzar juntos el día 6 en un bar, una bajera, un portal a pie de calle, bebes, te abrazas todo el rato, y luego juntos al chupinazo con unas cuantas botellas de sangría sin tapón, porque la policía no te deja pasar para evitar lanzamientos.

A excepción del día 6, las cuadrillas jóvenes suelen salir al atardecer, tras una mítica siesta, para “darlo todo” durante la noche y dormir de día. El set de supervivencia consiste en llevar un teléfono móvil viejuno para que no te lo roben, el dinero y las llaves escondidos donde puedas (las chicas en el sujetador, los chicos en los calcetines); ponerte algo raro, un gorro, gafas multicolor con bigote, diadema, collar de flores…. Cada año salen nuevos inventos. Lo habitual es comprar a un africano altísimo alguna chorrada para hacer el tonto.

No faltan los selfies a todas horas, hacerse fotos gansas, cenar bocata, esperar interminables colas para ir a un baño público, ver los fuegos artificiales sentados en la hierba, luego un buen concierto (la edad que tengas suele marcar la plaza a la que acabarás yendo) hasta las tantas de la madrugada y luego enganchas con los bares y te metes en el que suena la música que te apetece. Y va corriendo la noche, el alcohol, el rímel, el cachondeo, hablas con los guiris…

A la que te descuidas, te plantas en las 6.30, hora de bajón, mueres de sueño, de hambre, a veces de frío… hay que esperar al encierro ¡hasta las 8! Algunos se quedan en la calle, otros eligen ver la entrada del mogollón en la Plaza de Toros. Hasta ahora era gratis pero este año cobran 3 euros y tendrás que comprar entrada. Cuando termina el encierro, sueltan las vaquillas: si algún gracioso se pasa con ellas tirándoles de la cola o haciéndoles guarradas, te sumas al abucheo estruendoso que suena desde las gradas.

Por fin termina la jornada. Demacrado general. Caretos para echar a correr. Maquillajes a corros. Ojos desencajados. Hay que desayunar: churros con chocolate para los exquisitos; los hambrientos, hamburguesa o bocata; también el clásico café con leche y cruasán. ¡Ya falta menos… para ir a la cama! Un último esfuerzo y te vas arrastrando hacia tu casa, la casa de tu amigo, la de tu abuela, el hotel, el camping, la pensión… lo que sea con tal de tumbarte, solo o acompañado, por fin y esperar a recomponerte en unas horas.