Antes de que los agujeros negros se apoderen de los cerebros que -debe ser por no desentonar- se quedaron en blanco, Gargantua, ese fantasma incansable y tan sanferminero, se hace carne para hacer de las suyas. La fauna intestinal, insaciable, al principio aplaude a rabiar cuando recibe sus pantagruélicas vituallas. Luego ya es otro cantar. Se une a alguno de los animales que llevamos dentro para desvestir de luces los cuerpos vigorosos, hasta volverlos semiinertes.
Duro, escaldado, frito..., al otro día, con toda la liturgia sanferminera en su sitio, el asunto es, bien pincho, no desvariar ni dar pistas de lo perjudicado que se está, manteniendo el tipo aunque se esté preso de algún vomitivo mareo.
Se debe evitar dar explicaciones, no conviene airear alguna buena que seguro se ha hecho, ni que te vengan, después de haberte quedado sin un clavel, con que te fuiste de algún sitio sin pagar.
Y, aunque se debe cuidar el aseo y el vestuario -y si cuela, cuela-, tampoco conviene llevarlo hasta el punto de despachar a esos pelos curiosones que se asoman a la nariz, que hay serio riesgo de que uno se la pueda rebanar.
de Joxepe Gil – www.pamplona07.com