La ventaja
del uniforme es que es práctico: no hay
que pensar qué ponerse, y además,
libra tu ropa de todos los días del tratamiento
de shock que le mete Sanfermín. En Sanfermín
la ropa se estropea mucho por la mierda que
te cae, los quemazos de tabaco y las barbaridades
que se cometen cuando va uno ciego.
La pega es que el blanco no es un color muy
sufrido que digamos: en una sola noche la ropa
se queda que parece mentira que haya sido blanca
alguna vez. Hay que cambiarse todos los días;
o sea, que hay que tener ropa blanca de repuesto
y poner lavadoras todos los días. De
no ser, claro, que al despertarte te dé
igual ponerte otra vez el guiñapo negruzco
que será tu ropa de la víspera.
Hay que ser muy cerdo. Nosotros, que lo somos,
no lo podemos aguantar.
Claro que esto mismo -lo mucho que se mancha
la ropa blanca- es a la vez una ventaja: así
todo el mundo ve lo bien que te lo has pasao,
por el grado de jiña que has logrado
acumular. Estas cosas son importantes en Sanfermín.
Otra ventaja, no pequeña, de vestirse
de romano, es el efecto disfraz: al abrigo del
uniforme uno ya no es uno, sino un tosco mozopeña
pasándoselo en grande. Desinhibición
y hermanamiento con la muchedumbre rojiblanca.
Todos juntos y todos iguales, como las ovejicas:
ahora pal redil, ahora pal prao. Algo de eso
también hay en Sanfermín. |