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18 años de juerga ininterrumpida
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Te damos el índice de riesgo que tiene para ti correr el encierro del día
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A principios del siglo XX los toros liaban unos desaguisados de miedo en las corridas. Entre que los toreros se arrimaban porque tenían hambre y los caballos no llevaban peto ni protección, las cornadas eran tan habituales que ni siquiera escandalizaban al personal. En la corrida del día 7 de julio de 1902, por ejemplo, Antonio de Dios “Conejito” sufrió una grave cogida (un toro de la Condesa de Espoz y Mina fue el responsable) que por poco le cuesta la vida. No falleció, pero quedó maltrecho para algún tiempo. Peor suerte corrieron algunos caballos. El mismo toro mató a ocho antes de morir. El año anterior habían muerto 39 en las seis corridas celebradas, y un año después, en una sola corrida los toros se llevaron por delante a catorce.
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El actual ruido ininterrumpido día y noche de Sanfermin es algo relativamente novedoso, como de 30 o 40 años a esta parte. No obstante, en las primeras décadas del siglo XX ya debía provocar preocupaciones entre cierta parte de la sociedad pamplonesa, a la que no le debían parecer muy bien algunas actitudes. El alcalde de 1917, un señor llamado Demetrio Martínez de Azagra, pensó que era momento de poner a los gamberros en su sitio y publicó un bando “prohibidor” que dejaba las cosas en su sitio: entre otras cosas impedía, desde las doce de la noche hasta las cinco de la mañana, “cantar, gritar, tocar instrumentos músicos, y producir por las calles todo ruido de cualquier clase que sea, que pueda molestar al vecindario turbando su reposo”. Lo que el bando no decía era qué estaba permitido.
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El negocio de la apropiación de lo ajeno ya reportaba suculentos beneficios en 1907. Ese año fueron detenidos 90 carteristas a lo largo de las fiestas, lo que da idea de lo bien que funcionaba esta actividad en la época. La imaginación de bandidos, maleantes y timadores no quedaba ahí. En esas mismas fiestas la autoridad advertía de que algún espabilado había puesto en circulación monedas falsificadas de 2 pesetas. Y otro día, en el mismo año, una redada en la Feria del Ganado se saldó con la incautación de nueve pistolas, 3 revolvers, 29 cuchillos, tres lanzas, una podadera, 12 navajas, 1 llave ganzúa y dos navajas de afeitar. La Feria del Ganado era, por lo visto, un sitio al que, por si acaso, convenía ir preparado para lo peor. En cualquier caso, se desconoce la utilidad que se daba a la podadera.
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No es tan sencillo tener dos percances en el encierro en un mismo año. Pero algunos lo han conseguido. En 1975 el veterano corredor Jerónimo Echagüe no vivió sus mejores fiestas. Llevaba 61 años corriendo y seguía haciéndolo todas las mañana. De hecho, era uno de los corredores más respetados y a los que se acudía para pedir consejo o para aprender. Sin embargo, el día 7 sufrió un revolcón que le mandó al hospital y que le dejó con un brazo en cabestrillo. Ni corto ni perezoso al día siguiente se escapó del hospital en el que estaba ingresado y consiguió volver a correr el 9, con tan mala suerte que de nuevo un toro volvió a encariñarse con él y le dio el segundo viaje de las fiestas. No hay constancia de que volviera a intentarlo, al menos ese año.
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En el encierro del 11 de julio de 1968 un corredor francés protagonizó la escena más tórrida de la historia de Sanfermin. Él sólo quería correr el encierro, llegar a la plaza, ver los toros de cerca, saber de primera mano en qué consistía esta carrera y luego poder volver a Estrasburgo a contárselo a sus amigos. Pero un toro de muy malas intenciones no estaba por la labor. Se fijó en él, debió gustarle y, ya en la plaza, le dio alcance. Sin embargo, en vez de pegarle una cornada y ponerlo patas arriba, prefirió despojarle de su ropa –pantalones y calzoncillos- para que los más de 20.000 espectadores pudieran disfrutar del espectáculo. Se libró de la cornada, pero se quedó sin pantalones.
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A escasos días del comienzo de la Guerra Civil española, la conflictividad social y laboral era patente, también en Pamplona. De hecho, a dos días del comienzo de las fiestas, los portadores de los gigantes y los cabezudos amenazaron con ir a la huelga si no se les aumentaba el sueldo. Finalmente no se llegó a tanto, aunque tampoco se conoce si los reyes de América, Europa, Asia y Africa consiguieron su objetivo. En los dos años siguientes se suspenderían las fiestas por la guerra, aunque en el bando sublevado parece ser que alguna celebración hubo. Por ejemplo, organizaron un encierro en el que unos hacían de corredores y otros de toros. No se tiene noticia de que hubiera cornadas.
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Durante buena parte del siglo XX no estuvo muy bien visto que las mujeres corrieran el encierro. En realidad, ni mal visto ni tan siquiera visto, porque la autoridad se encargaba de que sólo hubiera hombres en el recorrido. La actriz Olga Omar, en 1964, consiguió burlar la normativa, eso sí, para grabar una escena de una película y con el permiso correspondiente. Su misión era salir a correr cuando ya hubieran pasado los toros, pero no debió de contar muy bien y se lanzó a la carrera cuando faltaban todavía dos toros por pasar. Se llevó un susto importante. Once años después todavía se reseñaba en los periódicos cómo la policía municipal había conseguido sacar del recorrido a tres mujeres, aunque una se escabulló y consiguió su objetivo; al año siguiente, al menos se vieron otras tres. A partir de ese año ya no resultó tan extraño ver mujeres corriendo delante de los toros.
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Los fuegos artificiales ya eran un acto habitual en las fiestas a mediados del siglo pasado. Se lanzaban desde la Plaza del Castillo y eran muy seguidos por la concurrencia, poco precavida, eso sí, en lo que a normas de seguridad se refiere. Así, no era extraño que se produjeran algunas incidencias. El día 11 de julio de 1948, por ejemplo, el espectáculo pirotécnico se adelantó algo al horario previsto. Cuando por la tarde se procedía a descargar el material en plena plaza, y sin que se conocieran las causas, comenzaron a producirse explosiones, extendiéndose el fuego como un reguero de pólvora –nunca mejor dicho- y causando numerosos heridos leves entre quienes circulaban por allí. Algunos se fueron calientes a casa. Esa noche, evidentemente, no hubo fuegos.
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A principios del siglo pasado el encierro era todavía una cosa muy de andar por casa y los toros aún tenían la posibilidad de negarse a correr, de correr más tarde o de correr cuando les diera la gana, que para eso eran protagonistas del asunto. El día 9 se vio un poco de las tres cosas. Primero, tres toros no quisieron salir de los corrales, con lo que hubo un encierro con los tres que sí salieron. Cuando llegaron a la plaza se soltó a los tres que previamente se habían negado a correr. Y para colmo, por la tarde, una vaca se escapó y anduvo pegando sustos y revolcones a la concurrencia. La prensa de la época hablaba de que varias señoras fueron embestidas en la Estafeta. Los agentes municipales terminaron por abatir al animal, por descarado y sinvergüenza, se supone.
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