Si, en tu afán desmedido por meter la otra, metiste la zarria hasta el corvejón, y adelantaste tu depauperado pobre de mi particular desde el desgarramanta destiempo.
Si bajo siete llaves -la del chupinazo no se cuenta- te cerraste en tu banda más taciturna. Y tiraste la fajica. Y te metiste en la cama, con palangana y todo, a no querer vértelas más con Sanfermin.
Un último esfuerzo, aunque no esté garantizado que vaya a ser recompensado. Date una vuelta por la Plaza del Castillo -más agorafóbica no la hay para quien gusta de pasear sin partirse la crisma- A nada que te fijes, comprobarás que tus pisadas, aunque no sean como para tirar cohetes ni pasar a la posteridad, dejan huellas más de verdad. También podrás corroborar lo que decía Aristofanes o alguno de esos: que a los muertos les crecen las uñas y a los vivillos las pezuñas.
Espero te hayas hecho con suficiente dosis de autoestima como para dejar atrás lo baldragas que eres. Tampoco es plan retirarse sin rematar la faena.
Puedes prescindir de las velas y sus ceras plañideras de limosnera. Podrías recaer en tu aflicción.
Y a intentar arrasar otro poco, que hasta el encierro de la villavesa te queda aún tu buen espuelón.