Esa torticolis que te entra del alma para adentro cuando te vas cayendo del guindo -más bien una concatenación de caídas, de guindos, de darse de morros sin parar, vamos- y asumes que esto se acaba, me ha llevado directo a Ricardo, mi camarero de cabecera, apremiándole el carajillo bien cargado y con todos los sacramentos, como él primorosamente prepara.
Todo tiene una explicación. Antes, cuando marmotear un rato no implica tener un sueño reparador, se me han aparecido las hormigas. Si, como os cuento.
Y luego ha aparecido un dietista con gafas de esas que venden los ambulantes que se te aparecen hasta en la sopa, y me ha sermoneado sin ningún tacto y con bastante mala leche. Me ha recriminado por los excesos gastronómicos -con la priva no se ha metido, mira- y me ha instado a pasarme a una dieta más saludable -el que yo tenga serias dudas poco va a valer- a base de huevas de hormigas.
He escondido el asco y he decidido salir pitando, pero soñar y esprintar yo nunca he sabido hacer.
Así que modosito, y con las mejores palabras que he encontrado a mano, he empezado a darle mi opinión: que aunque no digo que las huevas de hormigas no sean nutritivas y tengan sus proteínas y todo eso, mi organismo, en la tesitura de tener que cambiar de dieta, se inclinaba más por las de cigarra...
No ha podido contestarme, una chulufita con muy mala hostia soplada me ha hecho situarme de nuevo arriba de la Estafeta. Aún he alargado el duermevela, donde las cigarras encendidas reivindicaban su contribución al efecto invernadero.
Luego lo peor: ver como de par de mañana desmontaban el vallado del encierro -pero por qué se dan tanta prisa, para mí que lo hacen por joder-.
Así que aquí estoy, cabizmundo y meditabajo, o como esté, y me da todo que no va haber narices de aguantar hasta El Encierro de la Villavesa.
Bueno, ya veremos, nunca se sabe, no se puede decir que de ese pozal no beberé.