En las barracas me mareo en casi todo, pero en especial en la noria. Hace la tira que no me monto, desde que una vez le vomité a una tipa que iba en otra cabina y me insultó toro cochino, la muy señora. Desde entonces ni me arrimo, no vaya a ser que me reconozcan y me echen, pero me pateo los alrededores del resto de atracciones con la ilusión de un becerro. Me monto en ese tren-tractor que se han inventado, que admite toros y que me viene de narices para evitar perder grasas, y me planto allí dispuesto a dejarme invitar a churros, a vinos dulces o a coches de choque. Y a gozarla.
Como soy torpe, miedica y medio cegato, sólo me permito jugar a lo menos peligroso, al "atuti jorovi, el once campeón de la competición" o a la tómbola Caprichitos, que ya no tiene perrito piloto pero tiene bob esponja y cosas modernas del estilo. Eso sí, animo como un campeón a los valientes que van dando tumbos de la serpiente al pulpo y del gusano al saltamontes. Lo que menos me gusta es que los caballitos Pony anden atados a un tiovivo, como si fueran animales de feria. Sería más justo y bastante más divertido que anduvieran sueltos y dando coces por la Rochapea. Seguro que a ellos les parece bien.
Del Pobre de Mí prefiero ni hablar. No entiendo que se celebren las penas. Cuando los de Kukuxumusu me pasen al ordenador estas líneas y la gente las lea, yo ya estaré hibernando, habré caído en el olvido y la ciudad se habrá disfrazado de sitio decente. Un rollo.
Si no me jubilan, el año que viene seguiré dando la lata. Palabra de toro azul.