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9 julio
1997 - Nº 432

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FERIA DE SAN FERMÍN

Manuel Caballero: tres avisos y toro al corral

Domínguez / Rodríguez, Caballero, Vázquez


Toros de María Luisa Domínguez Pérez de Vargas, tres primeros de discreta presencia, resto con trapío; muy flojos, varios inválidos; aborregados y sumisos.

Miguel Rodríguez: media muy atravesada a un tiempo, estocada trasera - aviso con retraso- y descabello (silencio); estocada pescuecera baja y dos descabellos (silencio). Manuel Caballero: media atravesada perdiendo la muleta y saliendo perseguido, estocada delantera y rueda de peones (vuelta por su cuenta); cuatro pinchazos bajos, media estocada tendida descaradamente baja, rueda de peones, descabello - primer aviso -, cuatro descabellos - segundo aviso -, estocada corta escandalosamente baja, tres descabellos - tercer aviso - y el toro es devuelto al corral (bronca monumental con lanzamiento de almohadillas). Javier Vázquez: estocada y rueda de peones que tira al toro (oreja); pinchazo, media, rueda de peones y tres descabellos (silencio).

Plaza de Pamplona, 9 de julio. 4ª corrida de San Fermín. Lleno.


JOAQUÍN VIDAL , Pamplona


Javier Vázquez, en su faena al tercer toro
de la tarde, al que cortó una oreja (L. Azanza).

El quinto toro se lo devolvieron al corral a Manuel Caballero. Se lo devolvieron porque dio tiempo a que sonaran los tres avisos mientras intentaba escabecharlo.

El fracaso de Manuel Caballero fue mayúsculo. El fracaso de Manuel Caballero se produjo no ya con el estoque sino con el toreo también. Manuel Caballero era incapaz de torear.

No se crea que el toro devuelto al corral le salió pregonao. El toro devuelto al corral era un borrego, como todos. Se diferenció de los demás en que tomó tres varas con cierta bravura y se caía menos. Los cinco restantes se cayeron víctimas de una invalidez extraña que alguien debería investigar.

La fiesta de los toros va transcurriendo feria a feria y día a día bajo sospecha de que siniestra mano la altera, con la evidencia de que los toros no salen católicos al redondel, por algo será. Y nadie investiga nada. Los taurinos con corromper y conspirar, sus corifeos con mentir e insultar, tienen bastante. Y, mientras tanto, la autoridad se llama andana.

A los políticos que ejercen la autoridad, cuando llegan las ferias lo que les gusta es darse banquetes, hacer relaciones públicas, pegarles abrazos a las figuras, salir en las fotos, vestir el cargo, sentirse importantes. Y que no les vengan con problemas. Su mejor táctica consiste en negar la existencia de los problemas, para lo cual hacen causa común con los que insultan, con los que mienten, con los que conspiran, con los que corrompen. Menuda peña.

Pero los problemas existen. El problema principal es el toro. No tiene explicación que la corrida de María Luisa Domínguez -en realidad, guardiolas - apareciera en el ruedo pamplonés tan inválida, aborregada y sumisa. Los guardiolas de María Luisa Domínguez no parecían ni toros. Porque un toro no se desploma de repente; un toro no camina tambaleante y moribundo; un toro no acude al reto del cite cansino y derrotado.

Con esos Guardiola los toreros no tenían enemigo. Pero semejante oportunidad no les valió para pasárselos cerca haciendo el toreo. Antes al contrario, se los pasaban lejos, les pegaban pases desastrados, desarrollaban sus faenas a lo que saliera y el resultado era una caricatura insoportable e indecorosa del arte de torear.

Sólo Manuel Caballero en el toro que mató, Javier Vázquez en el que logró una oreja, llegaron a dar pases con mediana templanza y relativo gusto. El resto consistió en pegar trapazos. Tal como suena: trapazos. Y se sucedían los enganchones, entre docenas de pases planteados al buen tuntún y tirados desde la lejanía.

Miguel Rodríguez se atrevió a banderillear y lo hizo con facilidad en el primer toro, con desacierto en el cuarto. Eso sí, saludaba mucho. Miguel Rodríguez es un virtuoso de los saludos y los desplantes. Es moda contradecir la evidencia mediante desplantes marchosos. Y este diestro, que los prodigó en sus descompuestas faenas, tras cobrar unos espadazos horribles se descaraba señalando con el índice la fechoría.

No es único Miguel Rodríguez en semejantes ardides. Forman parte de la moderna forma de torear y son tan falsos como la forma de torear misma. ¡El toreo!: esa historia, ese recuerdo vago, ese arte secular, monumental y heroico, que engrandeció pasadas épocas y que unos cuantos desaprensivos han hecho desaparecer.

Rasgos de toreo bueno sacó Javier Vázquez en su primer borrego; el otro era un inválido que no aguantaba un pase mediano sin desplomarse. La negación del toreo sacó Manuel Caballero, mechó al borrego que hizo quinto, en plena carnicería le saltó el verduguillo al callejón y de poco ensarta allí a un fotógrafo. Los sórdidos incidentes provocaron un gran escándalo. Cayeron al redondel almohadillas por cientos. Y al sonar el tercer aviso, el toro, ya devuelto al corral, era un cuerpo sanguinolento hecho girones, que siguió a los cabestros trastabillante y agónico.

Y a eso lo llaman fiesta. Qué vergüenza.

Cabestros

ANTONIO PURROY
Es muy posible que muchos aficionados no sean conscientes del papel tan relevante que juegan los cabestros en todas las operaciones de manejo del ganado bravo. Los bueyes, como también se llaman, suelen ser machos de razas autóctonas de aptitud carne, morucha en Salamanca y retinta en Andalucía, que son castrados a la edad de dos años para hacerlos más dóciles y manejables. Después de un largo periodo de aprendizaje, lleno de conocimiento y de paciencia, se utilizan en todas las operaciones que se realizan en el campo, de manera que sin su ayuda sería impensable realizar faenas de herradero, tienta, embarque, etcétera. También tienen gran utilidad lejos de la dehesa, ya que son los que tranquilizan a los toros en el desencajonamiento, ayudan a moverlos en los corrales de la plaza y a introducir los devueltos en el ruedo. Da gloria ver, por ejemplo, a la parada de cabestros de la plaza de Las Ventas madrileña, todos muy parejos, capirotes y botineros en colorao, cómo ejecutan la suerte de su mayoral Florito, con dos y tres toros devueltos cada tarde.

Ritmo sostenido

Pero donde los cabestros adquieren gran relevancia es en el encierro de Pamplona, ya que son ellos los que conducen y arropan a los toros, abriendo y cerrando la manada. Los bueyes del encierro conocen el recorrido porque lo repiten cada mañana, marcan el ritmo sostenido de la manada, ayudan a despejar el camino -especialmente en los días en los que existe gran densidad de corredores- y muy posiblemente con su lenguaje y comportamiento ayuden a tranquilizar los nervios de unos toros asustados que no entienden por qué se les somete a semejante tortura. Por si esto fuera poco, dos o tres cabestros escoba barren el recorrido unos minutos más tarde con el fin de recoger a algún toro que haya quedado descolgado de la manada como consecuencia, generalmente, de alguna caída inoportuna.

Los bueyes del encierro tendrían que ser, además de eficaces, bonitos, que es lo mismo que decir parejos, en buen estado de carnes y con el mismo color de capa, siendo los más aconsejados los berrendos en negro o en colorao, para que puedan ser diferenciados de los toros de la manada tanto por los corredores como por el público que presencia la carrera, que actualmente es muy numeroso por la retransmisión de los encierros por televisión. Posiblemente haya llegado el momento de que a alguien se le ocurra erigir un monumento a los cabestros por todo lo que significan en el mundo del toro bravo.

Más información sobre San Fermín en: http://www.sanfermin.com

Festivales
Guía de Festivales de Verano de World Media Live.

Versión en inglés / Versión en francés


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